martes, 21 de abril de 2015

LA CABEZA DEL DEMIURGO

Por: Omar Aramayo. 20 abril, 2015
Crédito de la foto: Dere. www.elperuano.com.pe  Izqr. Atribuida a Carlos Oquendo de Amat
La cabeza del poeta, sin duda, era muy especial, llamaba la atención de sus contemporáneos, tanto, que en su momento, inequívocos señalaron ese rasgo singular. Era una cabeza que habla de sí, sola por sí.
Obvio que aquí no nos referimos al brillo de esa mente brillante que concibió y realizó los 5 metros de poemas, sino a su osamenta delicada, cálida y fina, de amplia y despejada frente, y no por ello con tendencia a la calvicie, todo lo contrario, con el mismo caudal de dóciles y delgados cabellos de siempre, oscuros de suave matiz castaño. 
La cabeza era extrañamente oblonga, apunta Alberto Tauro del Pino, tanto que usar el sombrero para él era un verdadero fastidio. En la mayoría de veces la llevaba en la mano para abanicarse, con cierta displicencia juvenil; y algunas veces, se lo quitaba para tomarse fotos, como debe ser, acierto que tuvo casi siempre y que permite verle el rostro sin sombra de duda, aunque nunca se desprendiera de él. Usaba sombrero porque la prenda estaba de moda y era signo de distinción, y él era un hombre distinguido, hijo de una familia distinguida.
Oblongo quiere decir más largo que ancho, pero así mismo, no era de un largo regular, más ancho era el cráneo que la frente; aunque eso tampoco termina aquí, y veamos por qué. Adalberto Varallanos dice que tenía un cráneo dolicocéfalo; es decir, alargado con final ovoide. Hay que imaginar una hermosa y extraña arquitectura ósea vista desde arriba, desde donde el concepto se aprecia con plenitud.
A partir de una frente amplia, despejada y combada, la cabeza se alarga y se ancha ligeramente para darnos una estructura que en verdad, llama la atención. Por eso, y precisamente por eso, quien mejor define esa cabeza, es su amigo barranquino Manuel Beingolea, que antes de entrar en definiciones taxonómicas, se va por la metáfora popular y provocadora, para llamarlo simplemente «Cabeza de Mango».
Según Beingolea, «Cabeza de Mango» no era consecuente con el sombrero, porque el sombrero le quedaba chico, es probable que así fuera tratándose de un hombre de economía muy modesta. Pero puede que no, ahora apreciamos que no había un sombrero ideal para una cabeza de estas características, un sombrero que le hiciera justicia a su caprichosa forma.
Aquellos años el uso del sombrero, como signo de distinción, entraba en crisis, además, Carlos había inclinado su vocación por el proletariado mundial, y eso le vino de perilla al popular «Cabeza de Mango» que se deshizo del hábito burgués, y aprendió a tomarse las fotos sin sombrero, sin nubes en la frente, más pobre que un cadete sin pasaje de regreso, tal como era.
De tal manera que Oquendo no era macrocefálico como Neruda, cabeza de montaña; ni tenía la frente plana de Ezra Pond, un campesino del far west americano, cuyo rostro visto desde abajo, en un ángulo de cuarenta y cinco grados, nos  permite contemplar un plano perfecto. Desde la punta elevada de su vigorosa nariz gringa hasta el temprano comienzo de esa cabeza habitada de una tupida cabellera. Tampoco la frente pequeña, ni el cabello espeso ni las orejas grandes y puntiagudas e insomnes de Kafka, testa breve de murciélago. Vallejo tenía la frente amplia y cóncava, con tendencia a ser plana, cuadrada, metafísica, española, y por momento, los momentos de gran pobreza, de curaca moche; el ceño fruncido y la mirada al infinito, sobre una nariz fuerte, lo cual define su sentido metafísico, evocado de común. Esa  mirada sin el pedestal de la nariz no tendría la misma fibra.

La cabeza y el rostro de Oquendo, si le buscamos un parentesco morfológico, se parecían más bien al de José María Eguren, aunque éste tuviese el cabello ondulado. O quizás a la del atildado James Joyce, un dandy, y quién sabe si al delicado Paul Eluard. En realidad, se parecía más a su poesía: sintética, extraña y única, un meteorito desterrado de su vuelo, un animal sagrado extraviado en un jardín botánico.
Eso significa que hay que ser ciego de la mente para no poder reconocer esa cabeza tan parecida a la del doctor Carlos Belisario Oquendo Álvarez, su padre, de ancestros afroperuanos, suavizada por los delicados rasgos de Doña Zoraída Amat, su madre. Esa frente amplia de los Oquendo y el sentido ovoide los Amat, sus abuelos maternos, los descendientes del virrey. Y en la conjunción, el rasgo irregular del cráneo.
No se necesita ser especialista de la oficina de identificación de la Policía de Investigaciones, ni antropólogo físico, o cirujano plástico, para marcar la diferencia extraordinaria que existe entre las fotografías del bebé Oquendo, del niño Oquendo vestido de marinerito en compañía de sus padres, la del colegial del Guadalupe, extraordinaria foto ubicada por Milla, con la foto de un personaje anónimo de cabeza regular que aparece bajo la supuesta identidad del poeta, en varias publicaciones e incluso en los homenajes que se le han rendido a la fecha. Es una broma de mal gusto, nada más y nada menos.
Publicamos su foto sólo para señalar públicamente que es la de un impostor involuntario, un fraude del destino, un occiso que salta de la noche a la mañana, un fantasma. Este grave error proviene de una biografía no autorizada del vate puneño, que trae una serie de faltas de concepción, observadas ya en su momento; pero además, que ha venido circulando, precisamente en estos días, cuando el epónimo cumple cien años de existencia. Ricardo Badini, su traductor al italiano, también fue inducido al error, y cuando estuvo en Lima, en junio del 2004, lamentó la equivocación.

No hablemos de su rostro, por el momento, no, de ese rostro beatífico, teveciano, de ojos crecidos como lunas de amargura al amanecer, rostro tan rico en elementos. No. Ese es otro capítulo de esta misma historia.
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