viernes, 27 de diciembre de 2013

HERNAN CORNEJO SOBRE MUSICA Y DANZA PUNEÑAS

Por: Haví- Levi
Artículo incluido en la publicación “PUNO 345 ANIVERSARIO”,
 producida, editada y publicada por JOLUCAVA Import Export EIRL
y dirigida por María Elena Catacora Valdez.
Noviembre 2013. Impresa en Lima.

¿Es posible examinar y evaluar la danza costumbrista y popular en el Perú sin ubicar en primer, primerísimo, lugar a las danzas puneñas? No. No, hacerlo sería, por va­rias razones, un imposible cultural.
En Puno las manifestacio­nes dancísticas y musica­les no concluyen luego de una efemérides popular o religiosa, como sucede en casi todos los pueblos del país, que consumada la festividad desapare­ce la danza y las tonadas musicales languidecen y cierran compuertas hasta un nuevo año; a contrape­lo, en el Altiplano danza y música, constituyen desde siempre expresiones per­manentes y consubstancia­les al modo de ser y sentir de la población que se pro­yecta y prodiga recrean­do, cotidianamente, toda manifestación del alma humana con representa­ciones musicales y dan­císticas, al producir y pro­hijar, por ejemplo, danzas guerreras, satíricas y bur­lescas, danzas amorosas y propiciatorias, de carnaval festivo y de ritual emotivo, danzas de siembra y cose­cha, que no se representan solamente en una determi­nada fecha. En Puno toda manifestación del sentimiento humano se musicaliza y dota de movimiento colmando el calendario anual. En ninguna región de América del Sur los temperamentos guerreros son melodía y movimiento rítmico uniéndose a lo sa­tírico y burlesco o hacien­do surgir la alegría a través de sentimientos bucólicos que desembocan en églo­gas amorosas y propicia­torias. Y las danzas viven revestidas con músicas de diversas profundidades y adornadas con atavíos multicolores para avivar representaciones y mudan­zas, traviesas o trágicas, propias de todo espíritu en trance de vida terrenal. ¿Cuántos trajes típicos hay en esta región? Todo distri­to, parcialidad e inclusive villorrio posee vestimenta típica que la singulariza. De todo ese bagaje surge la vitalidad y singularidad de las danzas y músicas puneñas: Son expresiones inherentes al imaginario popular y perfilan la idio­sincrasia regional. Y según las crónicas antañonas así sucedía antes que hollaran el Altiplano las usanzas de occidente que cuando lle­garon y luego de la brutal eclosión que propiciaron asimilaron ambas contra­partes el arte como unión y se inventó el quirquin­cho y se le llamó charango y se confeccionó los trajes andaluces, asturianos y de­más con fibras de alpaca y lana de llama.
Y como culturalmente el Altiplano puneño extiende sus zonas de influencia al este, oeste, norte y sur del Perú y demás con­fines vecinos, la danza y la música puneñas acontecen como ligamen y como patrón y parámetro que se re­plica y reproduce en toda manifes­tación del arte coreográfico popular, mal llamado, ahora se sabe, pero aún no se enfrenta, folclore.
El Catálogo de Virgilio Palacios
Desde el Altiplano los desplaza­mientos y requiebros corporales con fondos musicales impusieron mode­lo y definieron ruta, porque los puneños las esculpieron con argumentos de diferente naturaleza, creando arte coreográfico y musical de progenie inigualable. Y es que el Altipla­no al ser geografía única, excelsa y distante, con praderas dilatadas y filosóficamente con contenidos de inmensidad que se diferencian del extenso y yermo desierto costero, de la abrupta quebrada serrana o de los ubérrimos llanos selváticos, con­vierten a la gente que vive en él y se consubstancia con ese entorno de altura líquida, en creadores ingénitos y permanentes. Y, entonces la mag­nífica influencia del Titikaka: "Origen de los orígenes" es subyugante y se remonta a los primeros albores de creación de cultura y arte.
Allí antes que incursionara el cas­tellano a las orillas del Titikaka se hablaron 5 idiomas, uro, puquina, uroquilla, quechua y aimara y como no fue Torre de Babel, sino armonía festiva con una población adaptada a vivir en esa elevada plataforma, admitió su devenir honrando la rela­ción y unión indisoluble entre cielo y lago, vestidos ambos, de azul de día, de plomo por la tarde, de negro en la noche o de variados colores según sea el ánimo cósmico. En esa pla­taforma eclosionó una gran fuerza creadora que actuó, desde siempre, como matriz de inspiración y lo hizo antes que la memoria escrita depo­sitara documentos en los archivos, y continuó impertérrita admitiendo, en los tiempos difíciles de aniquila­mientos y entroncamientos, nuevos estilos, otros instrumentos y ropajes que vistieron usanzas renovadas y, ahora, en esta nuestra edad posmoderna, de mezcla y mescolanza que avanza y mixtifica, esperamos que renueve energías para que Puno, sus hijos e hijas recompongan lo avan­zado y continúen haciendo, de esta tierra de altura, crisol y fragua. En el Altiplano peruano, que es más hú­medo y prolijo en riqueza de flora y fauna que el Altiplano boliviano, siempre se bailó y cantó.
No obstante, toda esa energía huma­na fue contenida y manipulada en la época del coloniaje y aún peor arrin­conada y desdeñada en la república independentista donde el vasallaje y el desdén racial coronaron las más altas cumbres de la ignominia y, pese a la visión protectora y promotora de algunos puneños que descollaron en la solitaria y ejemplar recreación de los valores nativos, especialmente musicales, -convirtiendo a Puno en el territorio patrio que produjo más compositores que crearon y recrearon lo costumbrista- lo avanzado en el expresivo campo de la danza fue tenue y esporádico y no tuvo creado­res sino replicadores. Ante esa realidad de postración de los valores populares y ante la pre­sencia dominante de quienes despre­ciaban a los indígenas y descreían de sus valores, insurgió a mediados del siglo pasado un temperamento decidido, brillante, que se impuso recuperar valores indígenas aplasta­dos por el desdén y modelarlos para admitir, a la luz de puneñismo y pe- ruanidad, las nuevas rutas de identi­dad y realización cultural que debe­ríamos transitar y consolidar.
"En Puno ante la grandeza de la naturaleza surge el temperamento de su gente que evidencia valores morales de resistencia y temple aumentando la fe en nosotros y afirmando en nuestra alma un sentimiento de orgullo puro y no­ble, por haber tenido la suerte de nacer y formar nuestro carácter en esta tierra agreste y bravía de hombres recios", escribió Carlos Renato Cornejo-Roselló Vizcardo (Azángaro 1919- Lima, 1979) que trasuntó amor positivo a Puno y su gente, deseando recuperar la vitali­dad y alegría escondida y relegada de los indígenas a los que conoció y frecuentó desde niño en las jornadas de cacería y viajes a caballo por las haciendas paternas. Esos periplos le hicieron conocer los sentimientos de picardía, alegría y calidad festiva de los baqueanos del campo y valorar sus sentimientos a través del cultivo de sus danzas como la más fiel ex­presión de la autenticidad indígena. Su voluntad enfrentó el menospre­cio y descreimiento de las clases
Carlos Cornejo Rosello Vizcardo
acomodadas puneñas de las que era integrante. Y solicitando la cola­boración de puneñistas entusiastas como los notables músicos Virgilio Palacios Ortega, Néstor Molina Ga- lindo, Cástor Vera Solano, o los pro­motores de la cultura como Alberto Barreda Cuentas presidente en 1961 de la Comisión Organizadora de la Universidad Técnica del Altiplano, Francisco Deza Galindo, Samuel Frisancho Pineda, Mario Franco Hinojosa, como presidente del Instituto Americano de Arte Enrique Cuentas Ormachea y de danzarines motiva­dos y entusiastas como Susana Salas de Manrique, Honorio Peñaranda, Ángel Oda Ramírez, Julio Garnica Rosado, Gustavo Ames Enríquez, Hernán Torres La Jara, las herma­nas, Emmy, Herminia, Gladys y Gilma Santander, Mary Pérez Vizcardo, Idelsa Mestas Delgado, Yolanda González Ríos, captó y revivió va­rias danzas dotándoles de su verda­dera vida a un conjunto de expresio­nes nativas y lo hizo a través de un periplo de viajes que se prolongaron desde 1961 hasta 1968, en muchas giras acompañado de las personas antes nombradas.
El genio creativo de un médico ca­lificado póstumamente por quienes lo conocieron como "héroe de la danza", le indujo a él mismo bailar y vestirse de danzarín para ejempli­ficar la valía de las danzas en la cru­zada de revaloración de lo indígena y vencer complejos y romper prejui­cios. Su incursión fue suma de talen­to creativo con carácter conductor que recuperó, para el mundo andino y para la afirmación de identidad, varias expresiones populares a las que a través de la Agrupación Puno de Arte Folclórico y Teatro, APAFIT, dio forma y estilo sin mistificación ni impostura. José María Arguedas escribió en el suplemento Domini­cal del diario El Comercio de Lima del 12 de agosto de 1962 el artículo "Los señores y los indios" explican­do cómo los puneños de clases so­ciales acomodadas y no indígenas, captaron los sentimientos verdaderos de los nativos y dieron al Perú la nota más resaltante de que los valores na­tivos estaban premunidos de fuerza y belleza, todo lo contrario de lo que en el Cusco hacían los cultores de lo indígena que caricaturizaban las expresiones nativas en ácidas y defi­citarias réplicas. Y entonces, conven­gamos que el surgimiento de la dan­za popular y su cultivo no extenuado hoy, posee sociología, concepción realista y demanda mentes compro­metidas para su real proyección.
En la década de los 60 y parte de los 70, la voluntad férrea de Carlos Cornejo-Roselló Vizcardo le permi­tió revivir danzas extinguidas o casi moribundas, que padecían anemia porque eran practicadas de manera monótona y extenuada; en expresión formidable de un ideal de fuerza y pureza, de vitalidad y belleza. Y el Perú y Puno recuperaron los Machu Tussoj, jocosos y burlones, la Waca Waca que era una comparsa desor­denada convirtiéndola en sutil y bella parodia a la destreza del torero y de la tauromaquia, cuando las caderas en danzante movimiento e insinuantes de un mujer ataviada con varias po­lleras que revolotean al viento, marean al toro, lo amansan, lo vuelven dócil astado y musical practicante del ritmo andino cosa que con peligro de su vida po­cas veces alcanza el to­rero y lo único que hace es liquidar a la bestia, o de la danza de los Mula Mula, también llamada de los arrieros "Los Tucumanos", arrogantes y temperamentales que no agachan la cabeza y lidian pecho a pecho con su ocasional adver­sario, o la parodia de los Pantominos que ironiza la con­tracción hispana por la destreza en la práctica de la espada o el Carnaval de Ichu festivo al que el dramaturgo uruguayo Atahualpa del Cioppo, co­mentó que le traía reminiscencias de las danzas de monte de los rebeldes asturianos que hacían reglas y ara­bescos similares a los chiris puneños y el Carnaval de Capachica que, re­lata el artista oriental, le recordaba los estilos y usanzas de Vizcaya y; la Caza de la Vicuña o Choquelas don­de se imponía la astucia de los caza­dores que vencían a un animal más ágil y de gran resistencia o la sobria y elegante Pandilla y Marinera Puneñas, sin descuidar los Carnavales de Arapa y Santiago y la Wifala de Asillo, o las renovadas estampas de Callahuaya, Kullahua, Llamerada y Llameritos, con sellos de vitalidad y carácter. No solo se captó y reprodu­jo lo existente, sino que se le modeló personalidad y belleza. Prueba de ello es que la casi totalidad de esas danzas nombradas han ingresado al imaginario popular del Perú y la practican grupos culturales y escola­res de todo el país. Desde Puno se impuso la pasión creativa, se perdió la desconfianza y se encontró veta y filón donde se suponía existía solo escoria. Ganó el Perú que empezó a aceptar que somos país de todas las sangres.
Embajada Folklorica Puneña, visitó Lima en 1962
Esta saga despertó emociones y tuvo apasionados émulos, evidenciando que el arte popular no solo vive en sus directos cultores, sino que se proyecta y es atesorado por cultores ajenos que difunden y plastifican esos valores expresivos. No sólo el campo fue germen de arte sino que ciudad actuó y creció como síntesis. Ejemplos al respecto son el universo de instituciones promotoras del arte popular como el Centro Musical y Danzas "Teodoro Valcárcel", "Perú Andino" "Q'ota Marka" en Puno la Asociación Brisas del Titicaca en Lima. Todas ellas han descollado convirtiéndose en instituciones continuadoras y afirmadoras, al tiempo de promotoras del arte popular y difusoras de los diversos rostros, que no solo posee Puno, sino el Perú. Con todo, danza y música puneñas revitalizaron el ser y el hacer colectivo del Perú en sus trayectos por reconstruir su identidad a través del arte popular. Y el ejemplo se ha repetido a partir de 1962, los pueblos del Perú han "recuperado" danzas y el menos conspicuo villorrio detenta hoy con placer y fruición una danza a la que han organizado armado y concebido a la usanza coreográfica de Puno. Y esta constatación no es jactancia.

Cuando se escriba la historia cultura de ese libro abierto que es la heredad altiplánica, es de seguro que uno de sus capítulos más promisorios bellamente escritos, que aborde el siglo XX, nos relatará las gestas e incursiones emprendidas para alcanzar la revaloración, difusión y práctica continua de las danzas y el fortaleci­miento de las músicas que surgieron a las orillas del Titikaka y su amplio entorno de influencia.

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